Luna Nueva: Reclamar mi Pertenencia a la Madre Tierra como Derecho de Nacimiento

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Las plantitas, listas para ser adoptadas por mis amigas.

Hay tanto que ocurre interna y externamente durante las transiciones, especialmente cuando me mudo de un apartamento donde cultivé recuerdos con familiares y amistades, celebré logros y lloré por los duelos experimentados aquí. Esta vez, mudarme es una experiencia catártica de muerte y nacimiento. Muerte, ya que dejo ir todo lo que ya no sirve a mi propósito. Nacimiento, porque me permito recibir abundantemente de la Madre Tierra. He llegado a mi hogar exactamente en el momento de mi partida.

Mi cuerpo es mi Sagrado Cántaro. Soy mi propia tierra prometida. Mi hogar está dentro y me lleva a donde quiera que vaya. Este hogar esta enraizado en el poder y la resistencia de mis linajes. Mamá, mamita, mis hermanxs y nuestras comunidades me han enseñado mucho sobre adaptación y expansión. Los nuevos comienzos traen esa sensación fresca y dulce de preparar un nuevo suelo para cosechar futuros arraigados en la descolonización y la interdependencia de la humanidad con todo lo que nos rodea en parentesco.

Dejo ir la ropa que no se ajusta a mi propósito.

Dejo ir las historias de victimización que aprendí del trauma en mi cuerpo.

Suelto.

Siete años es el tiempo que mi familia vivió en un campamento de refugiados en Honduras. Yo nací allí. Tenía tres años cuando empacaron mi primer hogar terrenal (carpas) para que más de diez mil refugiados salvadoreños pudieran repatriarse a El Salvador. Mi hermana Ruth escribió un ensayo poderoso sobre lo que ella recuerda de ese día Abrazando Un Hogar Invisible: Cinco Años como Refugiada (versión en inglés).

Estas experiencias colectivas me enseñaron mucho. He estado incorporando estas lecciones. Algo que me llamó la atención hoy, mientras empacaba mis maletas, es este sentimiento de asombro, esta deslumbrante energía de superación al reconocer que la migración es un derecho de nacimiento. Mis antepasadxs ​​lo hicieron para dar nacimiento a nuevas formas de ser, para respetar los poderosos ritmos de la Madre Tierra como nuestro hogar sagrado. El baile que he estado danzando estos últimos meses, preparándome para el viaje de mudarme a un lugar diferente, transmite una sensación agridulce.

Por un lado, hay tristeza por no poder tener rituales sagrados en persona para decir ¡hasta pronto! a mis amadas colectividades, hermanxs y amistades que he cultivado a lo largo de los años en esta hermosa tierra. Tengo tanta gratitud por esta tierra que me ha sostenido y nutrido. Aquí, mi relación con la Madre Tierra se ha profundizado, la he reclamado como mi hogar. Por otro lado, acepto la emoción por el nuevo nacimiento al aceptar que mi viaje ha cambiado. En mi mente, cuerpo y espíritu, anhelo construir nuevas formas de ser, existir y alejarme del viejo equipaje y las pesadas sombras que he cargado durante años.

¿Cómo se siente ser vista, escuchada y apreciada por mí misma?

  • Reconocer mis apegos y honrar la liberación encarnada con rituales sagrados.
  • Tomando espacio, energía y tiempo para nutrir mi mente, cuerpo y espíritu.
  • Dar a luz nuevas formas de conectar con el espíritu de mis antepasadxs.
  • Integrar todos los aspectos de mi viaje con amor incondicional.
  • Celebrar el despertar del presente con risas, danza y alegría.

Hoy celebro particularmente cuánto he estado atendiendo todos los aspectos de mi anhelo, enfocándome en ir un día y una tarea a la vez. He estado encarnando mi ritmo sagrado con una disciplina impecable. Estoy celebrando que en medio de empacar, soltar y gestionar los procesos logísticos y administrativos que requiere una mudanza, también he estado enfocando y priorizando mi visión-propósito para el 2021. Estoy centrando mis valores, colaboraciones y ofrendas alineadas con esa visión. Incluso he escrito una visión de 200 años para que las siete generaciones venideras puedan vivir el futuro que estamos construyendo, cultivando y sosteniendo colectivamente ahora como una especie interdependiente.

Cargando sólo lo más esencial para el viaje.

En este último ciclo lunar, he aprendido que construir una práctica de sanación arraigada en mi propósito espiritual con ofrendas que sirvan a un colectivo requiere tiempo, energía y disciplina. Encuentro poderoso equilibrar el mantenerme enfocada en el mapa de ruta de mi visión, encarnar mi medicina para guiar a aquellxs que la buscan y sostenerme para no agotarme. Mamita Virginia los llamó “remedios caseros preventivos”. Una gran parte de esta peregrinación interior ha consistido en encarnar la autocompasión y la auto-abundancia, buscando apoyo de quienes han estado caminando conmigo desde lejos: amadas familias, maestras, guías, wooes, hermanxs, amistades y colectividades globales.

Llego a este nuevo comienzo con la aceptación de la incertidumbre, la risa y la alegría de los aprendizajes sagrados. Soltar es una práctica sostenible que ha abierto espacio para la creatividad, la claridad y la escucha profunda con el corazón. Me siento muy dispuesta a las posibilidades más allá de este momento que se siente como si estuviera “escalando el Volcán Izálco” –-oportunidades para sembrar nuevos jardines y formas de Ser tanto conmigo misma como con aquellxs que solicitan mi acompañamiento en sus viajes. En el futuro, quiero encarnar la celebración como lo hice cuando era niña, bailando bajo una tormenta en el patio de la casa de mi mamá. Hoy en día soy capaz de danzar bajo una tormenta de nieve en esta hermosa tierra porque la Madre Tierra me ha recordado que le pertenezco.

Danzando en honor a esta Tierra que me sustenta.

¿De qué están agradecidxs en este momento?

¿Dónde están notando la muerte y el nacimiento en su vida ahora?

¿Cómo están incorporando las prácticas de verse, oírse y apreciarse a sí mismx de la manera que se lo mereces?


New Moon: Reclaim Belonging to Mother Earth as Birthright

There is so much that happens inward and outward during transitions, especially when moving out of an apartment where I cultivated memories with family and friends, celebrated accomplishments, and shed tears for the losses experienced here. This time, moving out is a cathartic experience of death and birth. Death, as I let go of everything that no longer serves my purpose. Birth, as I allow myself to receive abundantly from Mother Earth. I have arrived home exactly at my departure. 

My body is my Sacred Cántaro. I am my own promised land. Home is within me and takes me wherever I go. It is rooted in the power and resilience of my lineages. Mama, mamita, my siblings, and our communities have taught me so much about adaptation and expansion. New beginnings bring that fresh, sweet sense of preparing new soil to harvest futures rooted in decolonization and the interdependence of humanity on all that surrounds us in kinship.

I let go of clothing that does not fit my purpose.

I let go of the stories of victimization that I learned from trauma in my body.

I let go. 

Seven years is the time my family lived in a refugee camp in Honduras. I was born there. I was three years old when my first earthly home (tents) were packed so that more than ten thousand Salvadoran refugees could repatriate to El Salvador. My sister Ruth wrote this powerful essay about her experience of what she remembers of that day Embracing an Invisible Home: Five Years as a Refugee.

These collective experiences taught me a lot. I have been embodying these lessons. Something that struck me today as I was packing my suitcases is this feeling of amazement, this dazzling energy of realization in acknowledging that migration is a birthright. My ancestors did it in order to give birth to new ways of being, to respect Mother Earth’s powerful rhythms as our sacred home. The dance I’ve been dancing these past few months, preparing for the journey of moving to a different place, enacts a sense of bittersweetness.

On the one hand, there is sadness at being unable to have sacred in-person rituals to say hasta pronto! to the beloved collectives, sisters, and friends that I’ve cultivated over the years in this gorgeous land. I have so much gratitude for this land that has sustained and nurtured me. Here, my relationship to Mother Earth has deepened – I have claimed it as home. On the other hand, I embrace excitement for new birth by accepting that my journey has shifted. In my mind, body, and spirit, I am longing to build new ways of being, existing, and moving away from old baggage and heavy shadows that I have carried for years.

How does it feel to be seen, heard, and appreciated by myself?

  • Acknowledging my attachments and honoring embodied release with sacred rituals.
  • Taking space, energy, and time to nurture my mind, body and Spirit.
  • Birthing new ways to connect with the Spirit of my ancestors.
  • Integrating all my journey’s aspects with unconditional love.
  • Celebrating the awakening of the present with laughter, dance, and joy.

Today, I am particularly celebrating how much I’ve been tending to all aspects of my longing, focusing on going one day and one task at a time. I have been embodying my sacred rhythm with impeccable discipline. I am celebrating that in the midst of packing, letting go, and managing the logistical and administrative processes that a move requires, I have also been focusing and prioritizing my vision and purpose for 2021. I am centering my values, partnerships, and offerings that align with that vision. I have even written a 200-year vision so that seven generations ahead can live the future that we are collectively building, gardening, and sustaining now as an interdependent species.

In this last moon cycle, I have learned that building a healing practice rooted in my spiritual purpose with offerings that serve a collective, takes time, energy, and discipline. I find it powerful to balance staying focused on the road map of my vision, embodying my medicine to guide those who seek it, and sustaining myself so that I do not burn out. Mamita Virginia called these “preventative home remedies”. A huge part of this inner pilgrimage has been embodying self-compassion and self-expansion, reaching out for support to those who have been walking with me from afar – beloved families, teachers, healers, wooes, sisters, friends, and global collectives.

I am arriving at this new beginning with acceptance of uncertainty, laughter, and joy in sacred learnings. Letting go is a sustainable practice that has opened up space for creativity, clarity and listening deeply with my heart. I feel abundantly open about the possibilities beyond this moment that it feels as if I am “hiking the Izalco Volcano” —opportunities to plant new gardens and ways of showing up both in relationship to myself and those asking me to support them in their journeys. Moving forward, I want to embody celebration as I did when growing up, dancing under a thunderstorm on the patio of my mama’s home. Nowadays, I am capable of dancing under a snowstorm in this beautiful land because Mother Earth has reminded me that I belong to her.

What are you grateful for in this moment?

Where are you noticing death and birth in your life now?

How are you embodying practices of seeing, hearing, and appreciating yourself in the ways that you deserve?



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