Luna Llena: Celebrando en Plenitud la Esencia de Cada Frijolito

Sopita de frijoles preparados en la cocina de una de mis posadas en Cleveland, OH – Isla Tortuga

Mientras cocino una sopita de frijolitos para compartirla en familia. Mientras preparo los ajos y otras especias que voy a incluir en esta deliciosa sopa de frijoles rojos, frijoles de seda, expreso gratitud por tener acceso a estos frijolitos, a este sustento que me permite conectar con la Tierra de origen de mis ancestras.

La sopita de frijoles para mí, me genera una profunda sensación de estar en casa, es permitirme recordar el olor de la cocina de adobe, de barro donde mi mamita y mama cocinaban y nos enseñaron a cocinar. 

El olor que despiden los frijolitos hirviendo, esa esencia que toca suavemente la piel de mi naríz, y sube lentamente como un susurro poético por las fosas nasales y llega a través del olfato llevando señales cariñosas a mi cerebro, una vez esas esencia es reconocida por mi ser toda mi piel se despierta, siento la piel de gallina, con esa sensación de despertar. 

Entonces, me recuerdo que la disciplina de dedicar el espacio para cocinar la sopita de frijoles me hace sentir empoderada y enraizada. Especialmente esos frijoles de seda que fueron cosechados en tierra Mesoamericana. Ya sea que me encuentre con familiares, con amistades que me dan hospedaje, sea cual sea la Tierra que peregrino, cuando me permito estar en la presencia de la esencia salvaje que despide la sopa de frijoles hirviendo en ese fueguito sagrado, siento una profunda felicidad. Esta conexión con los frijolitos me hace sentir abundante, despierta y en casa. Es pues esta, la ganancia más dichosa que celebro en esta bella Luna LLena en Acuario. 

Cuando llega el momento de saborear esa sopita de frijoles con arroz, aguacate, y tortilla de máíz, todo cultivado con mi trabajo, cultivado con el fueguito de mis manos, el fueguito transformador de mi centro útero-corazón-intuición que responde a una necesidad de mi cuerpo en este momento presente, siento gratitud. Mientras saboreo cada cucharada de esa sopita, cuando mi paladar siente la sensación caliente, la sensación energética de cada una de las especias –ajos, sal, cebolla, pimienta, cilantro– cuando me permito desconectarme de lo de afuera del Ser que me confunde, para danzar en un rezo poético con mi sagrada comida, yo encarno la Poesia narrada por mis antepasados. 

En estos días calurosos de verano en la Isla Tortuga, tomar sopita de frijoles me recuerda tanto a las Tierras de dónde vengo, dónde crecí, ese fueguito del abuelo Sol, ese fueguito cósmico, se entreteje con el calor de la sopita. El fueguito es causa y efecto infinito, estos calorcitos causan que mis aguas sean purgadas de mi piel, sudo una gota, y otra. Son las aguas que purifican mi Ser, que pedían ser transmutadas. Ahí, la sopita de frijoles es la medicina ancestral, que poderosamente me sana, me llena de vida aquí ahora. 

Despierto profundamente, porque ahora todo mis sentidos están en pura conexión con estos alimentos. Mis manos sostienen la cuchara con la que me sirvo la sopita en la boca, mis labios, mi paladar saborean lentamente la esencia energética de cada frijolito. Mi naríz con olfato de Sagrada Jaguara inhala con profunda reverencia ese aroma de la sopita de frijoles que me recuerdan los abrazos de mamita Virginia, me recuerda la magia de su cocina, me lleva a la memoria de la presencia sagrada de comer en la mesa, de compartir la comida en familia. Ahí al centro de la mesa está nuestro altar de tribu, la energía de la Gran Madre Ancestral se nos presenta en la risa, sonrisa, y conversaciones de lo cotidiano que es amor incondicional.

Así es que, este acto soberano de comer en presencia me recuerda que no estoy sola, me recuerda que cada vez que me siento a la mesa a comer, conmigo están mis linajes de sangre y por elección, siete generaciones de ancestros que atendieron las Tierras de donde vinieron, que cultivaron las Tierras que peregrinaron, y que eligieron responsablemente compartir en familia la sagrada comida. 

Estoy despierta, cada uno de mis sentidos se involucra con el proceso de cocinar creativamente. El primer paso antes de preparar la sopa es limpiar los frijoles, los coloco sobre la mesa y voy dejando caer uno a uno dentro del guacal. Mis oídos se activan con ese ruidito, trayendo así la memoria de cuando mama se sentaba a la mesa a “escogerlos” como ella decía. Escoger los frijolitos también era la oportunidad para contarnos tantas narraciones. Luego con mis manos lavo los frijolitos, los remojo antes de ponerlos a la olla con el agua hirviendo. Mis ojos ensueñan con el color rojo Tierra de los frijolitos, el color de nuestras Raíces, el color de mi Sangre. Una poderosa semilla que ha alimentado a muchas generaciones de comunidades en la Madre Tierra. Me permito agredecer por este sustento al sembrar mi Sangre Sagrada. 

Disfrutando de la sopita de frijoles.

Las narraciones que me cuentan los frijolitos hoy por hoy son la memoria de que siempre estamos sembrando, cultivando, limpiando, conectando, siempre estamos caminando. Asímismo, es muy importante en el caminar, en el peregrinar disciplinado tomar espacios conscientes para agradecer, pausar para atender al cuerpo desde la abundancia, celebrar Ser Hogar Poesía, celebrar la esencia ancestral de cada frijolito cultivado en las Lunaciones pasadas. Con la presencia es posible manifestar la prosperidad poética de las cosechas que nuestras futuras generaciones van a recibir.

¿Qué tipo de comida casera les pide su cuerpo-Tierra de sustento? 

¿Qué tipo de relación tienen con su comida?

¿Cómo se permiten atender su Ser en mente, cuerpo y espíritu a traves de la nutrición en esta temporada en las Tierras que caminan?

¿Cómo se permiten celebrar la abundancia que reciben cada día?

Email: sanadora.nomadicspirit@gmail.com


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Luna Nueva: Reclamando el Fuego de la Cocina y Amar la Tierra que nos Sustenta Ahora

Mama Marcela en su Milpa.

Vengo de un linaje de sanadores. Mujeres y hombres que atendieron el fuego de su cocina a diario. Mis antepasados no solo me enseñaron cómo cuidar del Ser, sino que también me enseñaron la importancia de compartir la responsabilidad de cuidarnos unas a otras como familia y hacia nuestra comunidad. Aprendí esto a través de la contemplación. Mis maestras, mama Marcela y mamita Virginia me enseñaron con acciones. Expresaron su amor incondicional a través del proceso de preparar la tierra para la siembra de nuestras milpas, frijolares y hortalizas. Encarnaron el amor a través del fuego de la cocina, al cocinar con tanta alegría, poder y creatividad. Incluso cuando la escasez de alimentos era nuestra realidad, noté que mama y mamita seguían encontrando formas de apapachar nuestros estómagos y espíritus.

Este año, mi maestra Raeanne Madison, que es cuidadora de partos y educadora descolonizadora, me enseñó en su curso Postpartum Healing Lodge, más sobre la importancia de nuestros linajes para atender el fuego de la cocina. En sus tradiciones Ojibwe y Mexica, es sagrado cocinar cada comida para la persona que da a luz y la familia durante el proceso de posparto con mucha compasión, amor y respeto como rituales sagrados. La comida es una medicina sanadora. El proceso de preparar comida casera también es un ritual poderoso que aprendí a temprana edad mientras me criaba en Chalatenango, El Salvador. Agradezco seguir recuperando estas tradiciones.

Desde el momento que salí de mi pueblo, sentí una desconexión con los alimentos procesados ​​que consumí en todos los lugares en los que he vivido. Este año, mi Espíritu intuitivo ha estado a nivel celular anhelando poder atender más profundamente el fuego de mi cocina.

Mi hermana Ruth, una de mis maestras, tiene mucha más experiencia atendiendo el fuego de su cocina, ya que ha estado fuera del hogar-Chalatenango más tiempo y ha arraigado abundantemente a su familia en el hogar-presente que están sustentando. Hace unas semanas, durante nuestra conversación (que duró dos horas), me recordó cómo su familia reclama el fuego de la cocina en la privacidad de su hogar. Ruth es una persona poderosa quien heredó la creatividad culinaria de nuestras mamás. En nuestros viajes de navegar fronteras debido a los sistemas heredados de colonización, nuestro poder interior permanece arraigado en el amor incondicional.

Mi hermana recuerda el proceso de cultivar nuestra comida, recoger las verduras de nuestra hortaliza, preparar el fuego con leña y oler el humo que sale de las semillas de marañón. Por ejemplo, ella recuerda que primero hacíamos una fogata en nuestro patio, luego tostábamos las semillas en una sartén vieja que teníamos. Íbamos recolectando las semillas cada vez que comíamos los marañones. Una vez que teníamos suficientes semillas, la cipotada del barrio nos reuníamos para compartir. Cada vez era un proceso divertido. Ruth incluso recuerda cuando nos quemábamos la lengua porque llevábamos las semillas directamente de la sartén a nuestra boca y lo emocionante que eran esos momentos. El ardiente fuego, las ardientes y poderosas sensaciones espirituales cuando la semilla de marañón tostada tocaba cada rincón de nuestra boca.

Un marañon maduro del jardín de mama Marcela.

Hoy en día, a medida que continuamos adaptándonos, estos procesos de re-conectar, ritualizar y priorizar momentos específicos de interconexión en familia son cruciales para descolonizar nuestro bienestar. Yo he nombrado este proceso “Acto Sagrado Ritualista de lo Mundano”. El 2 de noviembre, mi hermana y familia celebramos el día de las almas difuntas, un día muy sagrado; ya que en El Salvador es espiritualmente importante honrar el Espíritu y los recuerdos aquí en la Madre Tierra de nuestras antepasadas. Cuidar el fuego de la cocina es parte de esta celebración. Mayita, mi sobrina y maestra, compartió conmigo lo importante que es para ella recuperar estas tradiciones. El otro día, durante nuestra conversación de atención plena, me dijo que la comida la hace feliz y que la comida la conecta profundamente con sus linajes y tradiciones. Le encanta que sea la comida la que nos reúne en familia en la mesa.

Cuando le pregunté a Mayita, ¿tienes alguna comida que sea muy especial para ti? me dijo con mucha emoción “me encantan las pupusas, los tamales, los pastelitos y las quesadillas salvadoreñas” y luego continuó, “me encantan especialmente las pupusas que hace en casa mi mamá Ruth porque sabe que soy vegetariana y por eso las hace sin carne para mí”. Asimismo, ella expresó alegría de que su tía Erika (¡yo!) le haya introducido a la receta de quesadillas salvadoreñas, un postre tradicional que mama solía preparar en su horno artesanal durante casi todas nuestras festividades, cumpleaños y simplemente para apapacharnos.

Después, Mayita dijo que también honra los alimentos de sus tradiciones chinas. Ella se emocionó al compartir que el proceso para hacer dumplings y pastelitos, aunque la masa es diferente, para esta última es harina de maíz, el proceso para hacerlos es similar. Su cara sonriente lo decía todo, el fuego de la cocina apapacha su cuerpo y su espíritu.  Así pues, hizo una pausa por un momento. Maya me miró y dijo: También “estoy agradecida por mi mama Ángel y su familia quienes vinieron de China”. En general, Mayita afirmó: “son esos momentos en los que la familia se junta cuando la comida sabe más deliciosa, y las risas, momentos divertidos de cocinar juntas, para mí es a través de ese tiempo que aprendo más de dónde vienen mis antepasados, cómo honrarles, respetarles y a sus tradiciones”.

Quesadillas salvadoreñas horneadas por mama Marcela.

Durante mi reciente visita a mi hermana Ruth y su familia, sentimos la necesidad de atender también el fuego colectivo de la cocina. Entonces, nos comunicamos con Melisa, una amiga nuestra que también es de El Salvador y que ahora vive con su familia en Vermont. Hicimos un viaje improvisado para visitarles. Nos inspiró aprender sobre Ananda Gardens, un huerto familiar a pequeña escala, ubicada a 10 minutos del centro de Montpelier. Esta fue una visita sagrada, en la que Maya pudo hacer nuevas amistades, aprender sobre el sagrado y complejo proceso de cultivar alimentos, ver algunas gallinas y observar a su tía Erika saltar de miedo cuando un gusano la tomó por sorpresa y le dijo “¡hola, hola!”, mientras bebíamos cacao caliente con la familia en su patio. Melisa nos dio la bienvenida para moler el maíz mientras nos reconectamos con nuestra tradición de preparar la masa de maíz para hacer tortillas. Estar lejos de nuestro terruño hace este proceso más complejo y a la vez especial. A este proceso nuestros antepasados lo llaman “nixtamalizar” —nixtamal es una palabra que proviene de las tradiciones Mayas en Mesoamérica. Este momento fue poderoso para nosotras que llevamos mucho tiempo alejadas del Pulgarcito y sus tradiciones, ¡tocar el molino fue un momento sagrado!

Melisa y Erika moliendo el Nixtamal.

Después de caminar por las hortalizas y viveros, de preguntar con mucha curiosidad a Melisa y Patrick sobre su trabajo, las alegrías y los desafíos de cultivar alimentos para proporcionar a pequeña escala a su comunidad de Montpelier, todes nos dirigimos a atender el fuego de la cocina. Ahí torteamos, comimos las tortillas recién hechas con sopa de frijoles, arroz, salsa, crema de semilla de marañón, y terminamos nuestra hermosa visita sentados alrededor de la fogata en su patio, contando historias de cómo las respectivas parejas se han conocido y continúan cuidando a sus familias mientras continúan recuperando sus tradiciones y ¡honrando hogares arraigados en el amor y las prácticas que les brindan vida y alegría!

En enero de 2021 estaré facilitando la versión en español del Programa Reclamando Hogar Ancestral, un curso en línea de capacitación grupal de 8 semanas. Puedes unirte a mi lista de correo electrónico AQUÍ para recibir más información sobre el proceso de inscripción muy pronto.

¿Cómo atienden ustedes el fuego de su cocina dentro de la privacidad de sus hogares?

¿Cuáles son los alimentos tradicionales de sus linajes que les arraigan en amor incondicional?

¿Cómo están reclamando su hogar ancestral a través de la comida casera aquí y ahora?



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Sagrada Cacao: un proceso agridulce que me hace sentir arraigada en mi hogar

Me encanta el sabor al cacao. Me encanta el sabor al cacao cuando está crudo y amargo. Fui introducida a este sabor medicinal mientras estaba en el útero de mi madre y durante los primeros cuarenta días después del nacimiento hasta el período de lactancia.

Según las tradiciones Indígenas, una persona tiene que beber cacao caliente durante los primeros cuarenta días después de dar a luz. Sus componentes antioxidantes y antiinflamatorios apoyan el proceso de curación del cuerpo. También se conecta a una necesidad emocional de calidez interior.

Cacao fue un hermoso regalo y una de las primeras tradiciones a la que mama y mamita nos introdujeron y enseñaron en familia. Una de las enseñanzas subyacentes fue que cuando me siento triste o desconectada, hay rituales caseros para apapacharme que puedo hacer para sentirme reconfortada.

Mi madre y yo compartimos este tiempo intencional conectando [segunda enseñanza], mientras seguíamos el proceso juntas. Recuerdo un fin de semana en mis viajes de rutina desde la universidad, cuando la visité en nuestra comunidad. Me sentía deprimida porque el estilo de enseñanza de uno de mis profesores era muy desafiante, yo tenía miedo de no aprobar ese curso.

Mi madre me conocía muy bien, así que usó su sabiduría espiritual para encontrar formas de apoyarme. Ella no experimentó ese tipo de desafío ya que no tuvo los recursos financieros para estudiar un nivel educativo universitario, sí sabía cómo ser compasiva y cariñosa con toda su familia, así que siempre nos hizo sentir que no importaba qué pasara, ella siempre nos amaba incondicionalmente.

Durante ese fin de semana, ella fue a encontrarme a la ciudad de Chalatenango para que pudiéramos ir juntas al mercado. Compramos algunos productos esenciales y una de las partes más importantes de esto fue comprar granos de cacao. A las dos nos encantaba el exquisito sabor de la bebida de cacao caliente. Juntas viajamos en autobús durante aproximadamente una hora. Cuando llegamos a casa, preparamos un poco de comida. Después, ambas sabíamos que queríamos hablar, pero para llegar a ese punto, necesitábamos seguir el proceso que me hacía sentir arraigada.

Comenzamos a jalar leña a la hornilla artesanal en nuestra cocina de adobe, donde prendimos el hermoso fuego. ¡Hum!, aún recuerdo ese olor a humo que llena nuestra casa con la danza del viento y los elementos de fuego fusionados. Una vez que la madera parecía estar ardiendo, agarrábamos un trapito, lo mojábamos y lo usábamos para limpiar el comal de barro. Este último es una herramienta de cocina muy importante de las tradiciones Indígenas en Centro América [hoy en día, con la influencia capitalista, esta herramienta ancestral es comercializada como sartén de metal].

Una vez que el comal alcanzaba una temperatura específica, nosotras poníamos los granos de cacao en el comal para tostarlos. Mi madre y yo conversábamos mientras movíamos los granos hasta que alcanzaban el nivel de tostado que queríamos. ¡Hum!, inhalo profundamente ahorita, mientras recuerdo cómo todos estos olores llenaban la cocina con una fuerte sensación de estar en casa. Ella me preguntaba “¿Cómo está?” y yo mientras suspiraba le decía “no muy bien mami, la universidad realmente es difícil, es un sistema que apoya a gente como nosotras que venimos de una experiencia rural”. Entonces, ella se me acercaba y me abrazaba, luego yo lloraba en su regazo, yo me entregaba completamente.  

¿Cómo está usted mama?” le preguntaba, y ella me hablaba sobre las distintas luchas de la comunidad, y sus frustraciones con algunos líderes. Entonces, yo me le acercaba y la abrazaba, ella se entregaba y lloraba. Juntas nos sentábamos en la incomodidad de nuestras respectivas luchas mientras continuábamos con el proceso de tostar cacao. El siguiente paso era cargar dos sillas hacia el patio bajo la sombra de los árboles de marañón, mango, y coco, ahí juntas pelábamos los granos de cacao. Ella sostenía el huacal con los granos tostados y yo sostenía el huacal con los granos de cacao pelados. Las uñas se nos ponían negras y quebraditas de tanto pelar la cáscara. 

Mientras pelábamos la cáscara de los granos, mi madre se ponía a cantar y yo siempre me le unía. Era muy común que nos pusiéramos a contar historias en la que la resiliencia colectiva era nuestro punto principal de conversación, siempre nos carcajeábamos. Bien juntitas caminábamos al molino para moler cacao mientras lo mezclábamos con azúcar morena, y canela. Era un gesto tradicional tapar el huacal con una mantita bordada con tanto amor. De regreso a casa íbamos saludando con un “buenas tardes” a cada persona a quien encontrábamos en el camino.

Cuando se llegaba el momento preciso de preparar cacao caliente, mi madre ponía una olla con agua a hervir y luego le agregaba la mezcla de cacao, mezclaba y mezclaba hasta que la consistencia del cacao se ponía espesa, ella siempre me aclaraba que la cantidad de cacao debería ser más que la cantidad de agua para que así el resultado de este proceso mágico trajera un sabor intenso: agridulce.

Una vez estaba perfectamente cocido, ella nos servía a ambas una taza de cacao recién hecho. Durante estos rituales a ambas nos encantaba sentarnos a la par en la hamaca mientras nos agarrábamos de las manos y conversábamos. Tomar cacao no era solamente un apapacho para la panza, era el proceso de un lenguaje de amor no hablado, un amor activo e incondicional. Preparar cacao era nuestro camino para descubrir nuestras almas y elevar una a la otra emocional y espiritualmente. Mi madre me apoyaba con su sabiduría la cual en su momento ella recibió de su madre. Hoy estoy humildemente agradecida por cada uno de esos momentos sagrados que tuvimos juntas. Madre, muchas gracias por su visita espiritual el domingo, muchas gracias por susurrarme esta memoria en el día de las madres.

Que el espíritu de mama Marcela descanse en poder.

Que el espíritu de Mamita Virginia descanse en poder.

Que todas las mujeres en nuestro linaje antes que ellas descansen en poder.

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